Nunca llovía allí. Estaba seguro porque aquel era el lugar donde había nacido y también donde había pasado la mayor parte de su vida, y no recordaba haber visto jamás aquellas calles mojadas, ni pequeños ríos de agua bajar por las aceras desconchadas, ni a ninguna de aquellas personas correr desgarbadamente cobijados con torpeza bajo un periódico doblado.
Por eso lo sabía. Había visto muchas veces el viento enfadado llevarse alguna prenda de un tendal, y muchas más a las lagartijas correr a esconderse en cualquier rendija de un sol abrasador. Pero nunca había visto llover.
Seguramente por eso los ancianos del lugar tenían la piel ocre y cuarteada como la tierra muerta de los desiertos sin arena, y sus ojos se humedecían con más facilidad que sus labios, y su voz sonaba grave y honda como si saliese de una profunda sima.
También por eso, quizá, los niños eran maduros y silenciosos, y jugaban sentados unos frente a otros a contarse mentiras que imaginaban de lugares que no conocían. Y no se tocaban casi nunca, como si temiesen derrumbarse como castillos de arena bajo el sol.
Dije que nunca llovía, pero en parte es mentira, porque aquella vez sí llovió.
El día que empezó todo había amanecido con un olor extraño sobre el pueblo, y también Manuel lo había notado nada más despertar. Estaba, como siempre, dormido sobre las mantas y abrazado a la almohada con brazos y piernas, cuando le despertó el ruido insolente de su madre cacharreando sin cuidado en la cocina. Y entonces lo olió. Arrugó su nariz, aún con los ojos cerrados, para abrir más sus fosas nasales mientras analizaba mentalmente lo que percibía. Era un olor a humedad como la de la jarra de barro de la cocina cuando se quedaba medio llena todo el día. No era desagradable, pero le repelió un poco, por extraño. Pensó que quizá los lugares donde siempre llovía olían así, y quizá sus ancianos tenían alguna suerte de moho blancuzco donde los suyos veían cuartearse su piel.
Aquel día los perros ladraban como queriendo avisar de algo, y las bandadas de pájaros enloquecían en el cielo dibujando círculos y espirales frenéticas.
Aquel día era distinto desde su comienzo. Olía distinto, sonaba distinto, se sentía distinto... Pero todas aquellas señales no fueron suficientes para que ni Manuel ni ninguno de los demás entendiese que debían tener ningún cuidado especial, y por eso todos fueron acercándose, despacio pero con paso decidido, incluso con una inusual alegría inconsciente, al borde de aquel terrible precipicio del que luego les resultaría prácticamente imposible regresar.
Y es que, como bien resumiría un tiempo después el señor Molina, acodado descuidadamente sobre la accidentada superficie de madera del mostrador de su tienda de ultramarinos, un día eres feliz y al siguiente llueve por primera vez sobre tu pueblo, y todo cambia, y vienen la desdicha y la fatalidad juntas de la mano y te sonríen desde lejos y te besan en las mejillas sonoramente, para que no tengas duda ninguna de que eres tú el elegido.
Y aquella vez la desdicha y la fatalidad habían hecho parada en su pueblo. Y el elegido había sido Manuel.
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